Por Joaquín Urías
Palante, con togas y a lo loco
Con los antecedentes del juez Peinado era de prever que su actuación terminara con unos fuegos artificiales a la altura del personaje, con una gravísima intromisión en el poder EjecutivoEl juez Peinado envía a juicio a Begoña Gómez, le retira el pasaporte y le obliga a ir periódicamente al juzgado Por fin el juez peinado ha concluido su investigación sobre Begoña Gómez y enviado el asunto a juicio. Acaban más de dos años de instrucción, en los que de manera irregular se han ido investigando y descartando sucesivamente numerosos delitos. Si alguien esperaba que su señoría fuera a despachar este último trámite sin una sonora campanada, no ha entendido de qué va el asunto. Cualquiera que haya seguido este procedimiento casi inquisitorial plagado de errores y disparates jurídicos puede razonablemente tener la impresión de que su objetivo principal no es la realización de la justicia. Hay razones de sobra para que gran parte de la ciudadanía sospeche que de lo que se trata en realidad es de intentar tumbar al gobierno. El empeño del instructor en hurgar en cada detalle de la vida de la esposa del presidente del Gobierno en busca de posibles actos reprobables está fuera de toda duda. Comenzó siendo investigada por recortes de prensa qué le atribuían haber participado en la concesión del rescate estatal a una línea aérea. En el auto de 84 páginas que acabamos de conocer no queda rastro de aquello. Se le acusa en cambio de haber conseguido una cátedra en la Universidad Complutense de Madrid, de haber registrado a su nombre un software elaborado en ese marco y de que la asistente de la que dispone para su tarea institucional se dedicará también a ayudarla en cuestiones privadas. Las pruebas son esencialmente inconsistentes en todos los delitos. En todo caso, su fundamento tendrá ya que discutirse en un juicio. Lo que ha llamado la atención, más allá de las acusaciones, es la instrucción en sí misma. A veces ha dado la impresión…