"La Semana Santa se respeta"
Es fácil chotearse de la Semana Santa: de los fachillas engominados, del calculado histrionismo; la performance fanático-devocional, la exhibición callejera de los resabios del Antiguo Régimen, etcétera. Si uno quiere, la caricatura se escribe sola: basta con juntar en la misma crónica las filípicas de un par de capillitas con los berridos de la Legión desembarcando en Málaga. "Soy el novio de la muerte", y ya estaríamos todos.Sería injusto, eso sí, reducir un acontecimiento tan complejo a tres tristes tópicos, que por más que sean verdaderos no agotan el fenómeno. Lo pensaba el otro día, viendo procesiones en mi pueblo (provincia de Sevilla, villa ducal, cofradías de primer nivel, oiga) y fijándome en el paisanaje. Por la bulla pululaban los cretinos habituales —mocasín de charol, corbata de nudo fino, seis toneladas de fijador—, muchos compañeros de pupitre que ahora empujan el carrito de sus bebés y vecinos cuyo nombre ignoro pero a los que cada año encuentro en el mismo sitio. "A tu abuelo le gustaba ver la procesión aquí", me dijo mi madre.Levanté los ojos y vi a una anciana murmurando tras una ventana. La hija le agarraba la mano. Por los adoquines avanzaban unos romanos de mentirijilla (señores con leotardos y plumas), escolta solemne del paso de un nazareno que enfila el calvario. Al alejarse, por el desnivel de la calle, parecería que andaba. "Sus pies no pisan el suelo, sino que camina sobre la cabeza de los hombres", escribió Homero de Hermes. Lo seguía María Santísima, con los ojos hinchados y la cara de pena. Al girar la esquina, una señora pedía por martinetes que la salvase de un peligro. Al rematar la saeta, se escabulló entre la multitud.Me gusta pensar, remedando a Borges, que las tradiciones se sirven de nosotros para perpetuarse: que uno mismo, con otro nombre (ah, el linaje) ocupa el lugar que la función le adjudica. Allí estamos todos: los idólatras, los blasfemos, los adúlteros, los sodomitas, los marxistas y los incrédulos; como en las fiesta…
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- historiadores